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(…) En unos instantes en
que la lluvia pareció arreciar decidí refugiarme en un
pequeño y deslucido portal que según constaté después
servía de entrada de una vetusta y no menos modesta
librería. En el reducido escaparate se podían ver
ejemplares de ediciones baratas y exentas de todo
aderezo que pudiera suponer el embellecimiento del
volumen y, por ende, su encarecimiento. Me llamó la
atención un cartel, manuscrito con sanguina, adherido a
la luna del escaparate que decía:
Petite
librairie
pour les
petites
ilusions. (et les
grandes). La parte contenida entre paréntesis
había sido añadida con posterioridad, quizá en un acceso
de mercadeo furibundo al no resultar llamativa la
reiteración de lo pequeño para atraer clientes. Abundan
en París las librerías de viejo,
bouquinistes
y todo tipo de mercaderes del papel impreso, así es que
esta librería no tenía, en principio, nada de especial,
salvo aquel torpe cartelito que, en mi caso, había
conseguido hacerse sugerente con la inestimable ayuda de
la lluvia. Decidí entrar y revolver un poco en sus
estanterías para hacerme una idea más aproximada de lo
que entendían allí por ilusiones, (…)
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